Arvid Pardo: el maltés que impidió a las grandes potencias repartirse los fondos marinos
Malta cuenta su historia a través de los caballeros, el Gran Sitio, el dominio británico y el valor de sus habitantes durante la Segunda Guerra Mundial. Mucho menos espacio ocupa la historia de un hombre que no ganó ninguna batalla ni construyó fortaleza alguna, pero que influyó de manera decisiva en las normas que hoy rigen el uso de los océanos.
Se llamaba Arvid Pardo. Fue el primer representante permanente de la Malta independiente ante las Naciones Unidas y, en 1967, presentó una idea que entonces parecía casi utópica: los fondos marinos profundos situados más allá de la jurisdicción nacional y sus riquezas minerales no debían quedar en manos de los países que llegaran primero. Debían administrarse en beneficio de toda la humanidad.
Su intervención puso en marcha quince años de negociaciones que culminaron con la aprobación de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. A menudo se la describe como una especie de constitución de los océanos, y a Pardo como uno de sus padres. Por eso resulta sorprendente que, fuera de los círculos diplomáticos y de los especialistas en derecho del mar, su nombre siga siendo relativamente poco conocido, incluso en Malta.
Quién fue Arvid Pardo
La biografía de Pardo no encaja fácilmente en la imagen de un héroe nacional maltés. Nació en Roma el 12 de febrero de 1914, hijo de padre maltés y madre sueca, y pasó la mayor parte de su infancia en Italia. Estudió en Francia e Italia: se licenció en Historia Diplomática en la Universidad de Tours y después se doctoró en Derecho Internacional en la Universidad de Roma.
Su infancia estuvo marcada por varias tragedias. Su padre, Guido, que trabajaba para la Organización Internacional del Trabajo, murió en 1922 durante una misión humanitaria en la Rusia soviética. Un año después falleció también la madre de Pardo. Arvid quedó entonces al cuidado de Bernardo Attolico, diplomático italiano y amigo de su padre. Así, desde muy joven creció en un entorno ligado a la política internacional y la diplomacia.
Durante la Segunda Guerra Mundial participó en la resistencia italiana. Fue detenido y encarcelado en varias ocasiones, aunque finalmente logró llegar hasta las tropas aliadas y más tarde a Londres. Después de la guerra trabajó en instituciones internacionales, donde adquirió experiencia en la administración de territorios en fideicomiso y en la asistencia técnica a países en desarrollo. Cuando Malta obtuvo la independencia en septiembre de 1964, se convirtió en su primer representante permanente ante la ONU.
Para el nuevo país fue una elección importante. Malta disponía de una estructura diplomática muy limitada y apenas tenía peso en la política mundial. Pero Pardo no era un simple funcionario enviado a ocupar una silla con el nombre de Malta. Convirtió el pequeño tamaño de su país en una ventaja: Malta no podía competir con las grandes potencias ni militar ni económicamente, pero sí podía presentar propuestas que fueran más allá de sus intereses inmediatos.
Por qué comenzó la disputa por los fondos marinos profundos
Durante la mayor parte de la historia humana, los fondos marinos profundos fueron prácticamente inaccesibles. Los Estados se disputaban las costas, la pesca y las rutas marítimas, pero la idea de extraer minerales a varios kilómetros bajo la superficie pertenecía más bien al terreno de la fantasía.
A mediados del siglo XX, la situación empezó a cambiar. Los avances tecnológicos sugerían que algún día sería posible extraer de las profundidades nódulos de manganeso que contenían, entre otros metales, níquel, cobre, cobalto y manganeso. Al mismo tiempo, crecía el temor de que las grandes potencias utilizaran el fondo de los océanos con fines militares e instalaran armas allí.
Las normas jurídicas no estaban preparadas para esa situación. Los Estados ribereños ya adquirían derechos sobre su plataforma continental, pero no estaba claro qué ocurriría con las enormes extensiones de fondos profundos situadas fuera de su alcance. Si se imponía la sencilla regla de «el primero que llega es el primero que extrae», la mayor parte de la riqueza acabaría en manos de unos pocos países tecnológicamente avanzados y de empresas privadas.
En opinión de Pardo, existía el riesgo de crear una nueva forma de colonialismo. Esta vez no se repartirían territorios en los mapas de África o Asia, sino espacios ocultos bajo el océano. Los países más pobres volverían a contemplar cómo los Estados ricos se distribuían unos recursos para cuya explotación solo ellos disponían de la tecnología y el capital necesarios.
¿Qué son los nódulos polimetálicos?
Imagina unas piedras oscuras, parecidas a patatas, esparcidas por el fondo del océano a varios kilómetros de profundidad. Pero no son piedras corrientes. Los nódulos polimetálicos se forman cuando, alrededor de un pequeño núcleo —un fragmento de roca, un diente de tiburón o un trozo de concha—, se van depositando capas de minerales procedentes del agua de mar y de los sedimentos cercanos. Crecen con una lentitud extraordinaria, por lo general apenas unos milímetros cada millón de años.
Contienen sobre todo manganeso y hierro, pero también níquel, cobre y cobalto. Estos metales son importantes, por ejemplo, para fabricar baterías y dispositivos electrónicos modernos, de ahí el interés de los Estados y las empresas mineras. Sin embargo, extraerlos no significa abrir una mina convencional: unas máquinas especiales recogerían los nódulos directamente del fondo marino profundo. Y ahí comienza la controversia, porque el funcionamiento de esas máquinas podría dañar unos ecosistemas de los que todavía sabemos sorprendentemente poco.
El discurso de tres horas que transformó el derecho del mar
El 17 de agosto de 1967, Malta solicitó que la cuestión de los fondos marinos profundos se incluyera en el programa de la Asamblea General de la ONU. Pardo propuso que los fondos situados más allá de la jurisdicción nacional se reservaran para fines pacíficos y que sus recursos se utilizaran en beneficio de la humanidad.
El 1 de noviembre de 1967 presentó su propuesta ante la Primera Comisión de la Asamblea General de la ONU en un discurso de más de tres horas. No fue una intervención meramente técnica sobre la extracción de minerales. Pardo reunió la seguridad, el desarme, la protección del medio ambiente, el desarrollo tecnológico y la desigualdad entre países ricos y pobres en una sola pregunta: ¿a quién pertenecen los lugares que ningún Estado ha creado y que se encuentran fuera de su territorio?
Su respuesta fue el principio del patrimonio común de la humanidad. Ningún país debía apropiarse de los fondos marinos profundos ni proclamar su soberanía sobre ellos. Una institución internacional debía administrarlos, y los posibles beneficios de la explotación debían favorecer a todos los países, teniendo especialmente en cuenta las necesidades de aquellos en desarrollo.
Pardo no fue la primera persona en utilizar la expresión «patrimonio común de la humanidad». Su aportación decisiva consistió en convertir un lema moral en la propuesta de un régimen internacional concreto. No le bastaba con afirmar que los océanos pertenecían simbólicamente a todos. Quería una institución, unas normas, el control de la explotación, un uso pacífico y un reparto real de los beneficios.
Por eso su discurso no quedó reducido a un llamamiento solemne. En 1967, la ONU creó un comité encargado del uso pacífico de los fondos marinos. En diciembre de 1970, la Asamblea General aprobó una declaración según la cual los fondos marinos y oceánicos y su subsuelo situados más allá de la jurisdicción nacional, así como sus recursos, no podían ser objeto de apropiación por ningún Estado. Debían utilizarse exclusivamente con fines pacíficos y en beneficio de la humanidad en su conjunto.
¿Significa eso que los mares no pertenecen a los Estados?
No. El legado de Pardo a veces se simplifica diciendo que consiguió que los océanos no pertenecieran a ningún Estado. El derecho del mar actual es bastante más complejo.
Un Estado ribereño ejerce soberanía sobre sus aguas territoriales, que por regla general se extienden hasta 12 millas náuticas desde la costa. Más allá puede disponer de una zona económica exclusiva de hasta 200 millas náuticas, en la que tiene derechos especiales sobre los recursos naturales. También existen normas relativas a la plataforma continental, la navegación, la pesca, la investigación y la protección del medio marino.
En la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, el principio del patrimonio común de la humanidad se aplica a la denominada Zona: los fondos marinos y oceánicos y su subsuelo más allá de los límites de la jurisdicción nacional. El artículo 136 establece que la Zona y sus recursos son patrimonio común de la humanidad. El artículo 137 prohíbe a los Estados reivindicar soberanía sobre ellos y atribuye los derechos sobre sus recursos a la humanidad en su conjunto.
Por tanto, no se trata de todas las masas de agua, de todos los peces ni de los océanos enteros. El núcleo del legado jurídico de Pardo son los fondos marinos y su subsuelo situados más allá de la jurisdicción nacional y, sobre todo, sus recursos minerales.
Cómo nació la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar
La iniciativa de Pardo puso en marcha un proceso cuyo resultado fue mucho más allá de la cuestión original de los minerales del fondo marino. En 1970, la ONU decidió convocar la Tercera Conferencia sobre el Derecho del Mar. Las negociaciones comenzaron en 1973 y en ellas participaron más de 150 Estados.
La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar resultante se abrió a la firma el 10 de diciembre de 1982 en Montego Bay, Jamaica. Sus 320 artículos y nueve anexos crearon un amplio marco jurídico para el uso de los océanos. Reguló el mar territorial, las zonas económicas exclusivas, los estrechos, la plataforma continental, la alta mar, la protección del medio ambiente, la investigación científica y la solución de controversias.
Para administrar los fondos marinos profundos se creó la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, con sede en Kingston, Jamaica. Su función consiste en organizar y controlar las actividades relacionadas con los recursos minerales de la Zona. Es la huella institucional más visible de la idea de Pardo.
La Convención entró en vigor en 1994, casi tres décadas después de su discurso. Hoy la propia Organización de las Naciones Unidas señala que el proceso que condujo a la Convención comenzó precisamente con la célebre intervención del embajador maltés en 1967.
Por qué la Convención no cumplió toda la visión de Pardo
El título de «padre del derecho del mar» puede dar la impresión de que el mundo simplemente aceptó la propuesta de Pardo. En realidad, le siguió una larga lucha política y el sistema final fue un compromiso con el que él no quedó del todo satisfecho.
Su visión original contemplaba una amplia administración internacional del espacio oceánico y una verdadera redistribución de los beneficios a favor de los países más pobres. Sin embargo, los Estados industrializados no querían renunciar a las ventajas que les proporcionaban la tecnología y el capital. Al mismo tiempo, los Estados ribereños, entre ellos muchos países en desarrollo, defendían la ampliación de sus propios derechos sobre los recursos marinos. Por ello, la Convención reconoció zonas económicas exclusivas de hasta 200 millas náuticas desde las líneas de base. Pardo contempló esta evolución de forma crítica, porque colocaba una parte considerable de los recursos oceánicos bajo control nacional.
Otra concesión llegó en 1994, con la adopción del acuerdo de aplicación de la Parte XI de la Convención. El acuerdo modificó el régimen de explotación minera de los fondos marinos para hacerlo más aceptable a las economías de mercado desarrolladas. Los académicos que estudian el legado de Pardo señalan que con ello se debilitó precisamente la dimensión social y redistributiva que para él era esencial.
Por tanto, el éxito de Pardo no puede medirse por el cumplimiento de cada parte de su propuesta. Logró algo distinto: obligó al mundo a aceptar que existen espacios y recursos que no pueden tratarse simplemente como el botín del más fuerte. Sacó la idea del patrimonio común del debate filosófico y la incorporó al derecho internacional vinculante.
¿Fue Arvid Pardo realmente maltés?
La identidad maltesa de Pardo fue poco habitual. Nació y creció fuera de la isla y, antes de su nombramiento diplomático, no había vivido en Malta durante un periodo prolongado. Aun así, fue la Malta recién independizada la que dio voz política a su idea.
Ahí reside el simbolismo de toda la historia. Un Estado insular sin riquezas minerales, sin una gran flota ni ambiciones de poder propuso una norma destinada a impedir que las grandes potencias se repartieran el fondo de los océanos. Gracias a Pardo, Malta demostró que un Estado pequeño no tiene por qué limitarse a reaccionar ante las decisiones de los más fuertes. También puede plantear una cuestión capaz de transformar todo un sistema jurídico.
Sin embargo, su carrera diplomática acabó chocando también con las divisiones partidistas de Malta. Los acontecimientos posteriores demostraron que ni siquiera el propio país comprendió al principio todo el valor de la iniciativa que Pardo había emprendido en su nombre.
Desde mediados de la década de 1970 trabajó en la Universidad del Sur de California, donde enseñó Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales y se dedicó a los estudios oceánicos. También colaboró con Elisabeth Mann Borgese, destacada defensora de la administración internacional de los océanos y fundadora del International Ocean Institute. Murió el 19 de junio de 1999, a los 85 años.
Malta renunció primero a su propia iniciativa
El trabajo de Pardo no tardó en chocar con las divisiones políticas maltesas. Había sido nombrado por el Gobierno nacionalista de George Borg Olivier y, cuando el primer ministro laborista Dom Mintoff regresó al poder en 1971, perdió su puesto como representante permanente ante la ONU. Según el profesor de Derecho Internacional David Attard, el nuevo Gobierno llegó incluso a considerarlo persona non grata en un primer momento. No hay pruebas de que Mintoff rechazara el principio del patrimonio común de la humanidad como tal. Pardo era, ante todo, una personalidad destacada y muy independiente vinculada al Gobierno anterior, mientras Mintoff reorganizaba la diplomacia maltesa según sus propios criterios.
Las consecuencias se hicieron evidentes durante la Conferencia sobre el Derecho del Mar celebrada en Caracas en el verano de 1974. Malta anunció allí que ya no deseaba desempeñar un papel dirigente en las negociaciones sobre el nuevo régimen de los océanos. El país que había llevado el asunto ante la ONU cedió voluntariamente la iniciativa a otros Estados. Pardo recordaría más tarde que aquella decisión lo dejó destrozado: a su juicio, Malta había perdido de un solo golpe el control del tema que ella misma había abierto.
Más tarde, el Gobierno de Mintoff cambió de postura. Cuando comenzó a decidirse la futura sede de la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, Malta intentó atraer la institución a la isla. Albergarla le habría aportado prestigio internacional, puestos de trabajo y un flujo permanente de diplomáticos y especialistas. El Gobierno volvió a incorporar a Pardo a la política oceánica maltesa y empezó a defender que la Autoridad se instalara en Malta. Según el profesor David Attard, Mintoff llegó a encargar proyectos arquitectónicos para una sede en Fort St Elmo y ofreció viajes gratuitos a Malta a los representantes de los Estados con derecho a voto para poder presentarles personalmente las ventajas de la isla.
Pero Malta entró tarde en la competición por la sede y su intento acabó fracasando. Jamaica fue elegida país anfitrión y la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos se estableció en Kingston. Malta se retiró primero del papel protagonista en un proceso que ella misma había iniciado y solo después intentó quedarse con su institución más importante. Ese giro pone un broche un tanto absurdo y muy maltés a toda la historia.
Por qué se habla tan poco de Pardo en Malta
No sería exacto afirmar que Malta ha olvidado por completo a Pardo. La Universidad de Malta inauguró un busto en su honor, el Ministerio de Asuntos Exteriores maltés organizó una exposición dedicada a su legado y su nombre aparece en los aniversarios de la Convención y en los discursos de los representantes de Malta ante la ONU. Los diplomáticos y los especialistas en derecho del mar conocen bien su importancia.
Sin embargo, ha penetrado mucho menos en la memoria histórica popular de Malta que los héroes militares y políticos. Puede haber varias razones.
Su historia se presta mal a convertirse en un mito nacional sencillo. No transcurre en las murallas de La Valeta ni durante un bombardeo sobre Grand Harbour, sino en las salas de reuniones de la ONU. Tampoco tiene un único momento de triunfo: entre el famoso discurso y la aprobación de la Convención pasaron quince años, y tuvieron que transcurrir otros doce hasta su entrada en vigor. Ni siquiera el resultado fue una victoria rotunda, sino un complejo compromiso jurídico.
Además, Pardo pasó gran parte de su vida fuera de Malta y no encajaba fácilmente en el relato de ninguna de las dos grandes tradiciones políticas de la isla. Su legado es internacional, especializado y difícil de condensar en una estatua o una fiesta nacional.
Precisamente por eso merece ser recordado. Malta suele destacar su posición estratégica en el centro del Mediterráneo. Pardo demostró que su relación con el mar no tiene por qué ser solo geográfica. También puede ser intelectual y política.
La minería de aguas profundas vuelve a poner de actualidad las preguntas de Pardo
Cuando Pardo pronunció su discurso, la explotación industrial de las profundidades oceánicas parecía cosa de un futuro lejano. Hoy vuelve a debatirse la extracción de los metales presentes en los nódulos polimetálicos, importantes para las baterías y las tecnologías modernas. Quienes apoyan la minería de aguas profundas la ven como una nueva fuente de materias primas; sus detractores advierten de posibles daños a unos ecosistemas sobre los que la humanidad todavía sabe muy poco.
Así regresan las preguntas originales de Pardo. ¿Quién puede decidir sobre estos recursos? ¿Quién asumirá los daños ambientales? ¿Quién se quedará con los beneficios? ¿Y puede algo ser verdaderamente patrimonio común si, en la práctica, solo ciertos Estados y empresas tienen acceso a ello?
Probablemente Pardo no habría considerado suficiente la mera creación de una institución internacional. La esencia de su idea no consistía solo en impedir que los Estados dibujaran el fondo marino dentro de sus mapas. Quería que el progreso tecnológico no ampliara la brecha entre los países, sino que beneficiara también a aquellos que no podían participar por sí mismos en la explotación.
Por eso su legado no es un capítulo cerrado de 1967. Es una disputa todavía sin resolver entre dos visiones del mundo: según una, los nuevos recursos pertenecen a quien dispone de los medios para alcanzarlos; según la otra, existen límites más allá de los cuales la humanidad debe actuar de forma conjunta.
Un Estado pequeño con una idea sorprendentemente grande
Arvid Pardo no fue el único autor del derecho del mar moderno, y la Convención final tampoco coincidía plenamente con su propuesta. Sin su iniciativa, sin embargo, es probable que el proceso no hubiera comenzado del mismo modo ni en el mismo momento. Tras su muerte, la ONU lo recordó con razón como el «padre de la Conferencia sobre el Derecho del Mar».
Su mayor logro no fue arrebatar los océanos a los Estados ni resolver para siempre la disputa por sus riquezas. Consiguió convencer a la comunidad internacional de que los fondos marinos profundos no eran un espacio vacío a la espera de ser ocupado. Y de que la propiedad no es la única relación posible entre el ser humano y el mundo.
En una isla desde la que casi siempre se alcanza a ver el mar, su nombre debería ser más conocido. No solo porque fuera maltés, sino porque el representante de uno de los países más pequeños del mundo supo plantear una pregunta a la que todas las grandes potencias tuvieron que responder.
Arvid Pardo en 1975. Foto: MSacerdoti / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0. La fotografía ha sido recortada y se ha ajustado la iluminación.
