Alta densidad urbana y escasez de espacios verdes, un rasgo común en muchas zonas de Malta. Foto: Żabbar, Malta
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Semillas para las abejas, hormigón para los parques: la paradoja verde de Malta

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Cuando en Malta se habla de protección del clima, biodiversidad o apoyo a los polinizadores, el discurso suena correcto. En los últimos años se han lanzado campañas centradas en las abejas, se repartían semillas entre la población y aparecían llamamientos para cultivar flores en balcones y jardines, con el fin de ofrecer alimento a las abejas. El lenguaje oficial está lleno de términos como sostenibilidad, adaptación al cambio climático o infraestructura verde.

Pero luego uno sale a la calle. Y empieza a tener la sensación de que algo no encaja.

Los parques se endurecen, los promotores colocan junto a las nuevas viviendas un pequeño parterre para unas pocas plantas, los árboles se talan o se podan de forma drástica (véase la calle Tal-Barrani), y el espacio público se transforma poco a poco en una red de superficies duras y recalentadas. No de manera accidental, sino sistemática. Y es precisamente esta contradicción —entre las declaraciones oficiales y la realidad— la que merece ser explicada. No para señalar culpables, sino porque sin comprender la mentalidad de la isla, nada cambiará.

Cuando el discurso ambiental choca con la realidad urbana

Mucha gente recuerda la etapa en la que en Malta se hablaba de la protección de los polinizadores de forma muy concreta. Llegaban semillas a los buzones, aparecían campañas del tipo “plant for bees”, y se animaba tanto a las escuelas como a los hogares a cultivar flores. La intención era buena y sincera.

El mensaje implícito era claro: los pequeños insectos son importantes, la biodiversidad tiene sentido y hasta los gestos individuales cuentan.

Por eso el contraste fue aún mayor cuando empezaron a aparecer proyectos que, a gran escala, eliminan precisamente el entorno que necesitan tanto los insectos como las personas, como en el caso de Ta’ Qali National Park.

Ta’ Qali: un parque que dejó de cumplir su función como espacio de picnic

Un ejemplo que concentra esta contradicción en un solo lugar es Ta’ Qali National Park. La antigua zona de picnic cubierta de césped fue sustituida por una capa de grava compactada. No se trata de un detalle estético, sino de un cambio fundamental en la función del parque.

El césped no es decoración. Refresca, retiene el agua, permite la infiltración, ofrece espacio vital para los insectos y crea un microclima en el que se puede sobrevivir en verano. La grava compactada hace exactamente lo contrario. Se recalienta, no absorbe el agua y, desde el punto de vista biológico, funciona casi como una superficie muerta.

Sin la eliminación completa de esta capa, la vegetación natural no se regenerará por sí sola. No es una cuestión de opinión, sino de física y biología.

Cuando el árbol se convierte en un problema

Una lógica similar puede observarse también en el caso de los árboles. En Il-Mosta, la tala y la poda drástica de viejos ficus en la plaza provocaron una fuerte reacción pública. Árboles que durante décadas habían proporcionado sombra, refugio a pequeñas aves y habían creado un espacio público habitable pasaron a convertirse, de repente, en un obstáculo dentro de un proyecto de “embellecimiento” de la plaza.

Los argumentos se repiten: hojas, raíces, mantenimiento, seguridad. El árbol no se percibe como un valor en sí mismo, sino como un problema potencial que hay que resolver. Preferiblemente de una vez por todas.

Sin embargo, en un clima mediterráneo, la sombra no es un lujo. Es una infraestructura básica de supervivencia, que hoy en día suele sustituirse por la climatización individual de los interiores.

Hojas, polvo y la idea de “desorden”

Una de las diferencias culturales clave entre el norte y el centro de Europa es la relación con las hojas y el “desorden”. En un entorno históricamente definido por la piedra, la limpieza se asocia a superficies duras y lavables. Las hojas significan trabajo extra, quejas de los residentes, desagües obstruidos y suciedad en los edificios.

En países como Alemania o Suecia, esto forma parte del mantenimiento urbano rutinario y no se percibe como un problema a resolver. En Malta, el barro o el polvo en las escaleras de las viviendas suele interpretarse como un fallo: la prueba de que algo “no se hizo bien”.

Y así, se opta por endurecer las superficies. De forma preventiva.

Espacios públicos diseñados para no cambiar

Aquí llegamos al núcleo del problema. El espacio público en Malta suele diseñarse como un objeto terminado, no como un proceso vivo que cambia a lo largo del año. El parque ideal es aquel que, una vez inaugurado, ya no requiere intervenciones ni costes de mantenimiento. No se seca, no se pisa, no hay que segarlo, nadie se queja.

Pero la vegetación, por su propia naturaleza, es cambiante. Crece, envejece y necesita cuidados. Y un sistema que teme la responsabilidad a largo plazo no sabe cómo gestionarla.

Por eso el hormigón vence a la hierba. No porque sea mejor, sino porque es predecible y relativamente fácil de mantener.

Resulta llamativo que esta obsesión por las superficies “limpias” no implique un verdadero orden. Se espera que las superficies duras sean lisas, lavables y sin hojas. Sin embargo, los residuos abandonados en el suelo ya no entran a menudo en la misma categoría de problema. Una botella de plástico o un envase de comida no comprometen la funcionalidad del hormigón: no obstruyen desagües, no crean barro, no requieren mantenimiento a largo plazo. Son un problema visible, pero temporal. Y eso es precisamente lo que el sistema tolera mejor que un material vivo y cambiante.

Por qué el hormigón parece una solución segura

Lo que pudo funcionar hace décadas, hoy fracasa. Las ciudades y el hormigón se expanden, mientras que las superficies cubiertas de praderas, bosques y campos disminuyen. Las ciudades se recalientan, las noches siguen siendo calurosas y las superficies duras acumulan el calor absorbido durante el día para liberarlo por la noche. Los espacios públicos se vacían en verano, porque no hay dónde estar, falta el oasis.

Paradójicamente, luego se consume agua para lavar y enfriar el hormigón, en lugar de invertirla en vegetación que refrescaría de forma natural y duradera.

Los jardines verticales, que podrían ser un compromiso, apenas se implantan. No porque no funcionen, sino porque son visibles. En cuanto se secan, queda claro que alguien dejó de cuidarlos. Y es precisamente ese fracaso visible lo que el sistema intenta evitar.

No es una cuestión de personas, sino de sistema

Es importante decirlo claramente: esta no es una historia de funcionarios malvados ni de personas que odien la naturaleza. Se trata de una mentalidad profundamente arraigada, en la que un espacio bien gestionado es aquel que no requiere cuidados regulares ni gastos continuos.

Las abejas, las semillas y las campañas existen. Pero chocan con una realidad en la que el hormigón se percibe como seguridad y la vegetación como riesgo.

Qué ocurre cuando el hormigón deja de proteger

Con el aumento de las temperaturas y una urbanización cada vez más densa, esta ecuación empieza a volverse contra su propio objetivo. Menos vegetación significa más calor. Más calor significa menos gente en la calle. Y un espacio público que no se usa deja de cumplir su función social.

Los niños no tienen dónde jugar, las familias no tienen dónde sentarse y las ciudades se vuelven transitables, pero no habitables.

La contradicción entre repartir semillas para las abejas y hormigonar los parques no es hipocresía individual. Es la consecuencia de un sistema que no sabe trabajar con un entorno vivo y cambiante.

Mientras un árbol siga siendo un problema porque pierde hojas y la hierba un riesgo porque necesita mantenimiento, Malta seguirá luchando contra el calor con hormigón… y seguirá perdiendo.